"Son tiempos difíciles y duros que nos obligan a todos a hacernos una reflexión". Pues no, me niego a reflexionar más de lo que he pensado y a analizar más de lo que analizo a diario. Son los tiempos que son y a los que nos ha llevado la avaricia de los que más tienen y quieren tener más, el egoísmo de los que lo quieren todo para ellos, la pereza de los que no han sabido ni formarse para buscar soluciones ni pensar en ellas, la envida de los que querían tener lo mismo que el otro, la soberbia de los que han defendido sin humildad su reducto y la ira de los que sin analizar pensaban que todos estos tiempos difíciles y duros son culpa de los demás, pero nuestra no. Siempre es culpa de los demás.
Al final del camino se llega por una senda, que como decía Machado "nunca se ha de volver a pisar". Algún día los seres humanos aprenderemos a volver la vista atrás y ver esa senda. Por el camino habremos enterrado varias veces la inteligencia, el dialogo, la capacidad de entendernos con una sola mirada o la de sentir con el roce de la yema de unos dedos. Esas pequeñas cosas que siempre han diferenciado al hombre del animal y que en la involución en la que vivimos nos acercan sin pausa otra vez a los árboles cuando presumíamos haber descendido ya de ellos.
Son tiempos difíciles por eso, porque caminamos hacia el árbol de la angustia, de la desesperación, del desconsuelo, de la caridad infinita y del más amplio concepto de solidaridad que el ser humano haya conocido en los últimos dos siglos. Medio mundo se preocupa de una prima de riesgo y el otro medio del riesgo de que una prima esté preocupada por no tener que llevarse a la boca. Unos , por el intangible monetario; los otros, por el tangible comestible. En ese mundo nací y ese es el mundo en el que las diferencias son cada vez más diferencias.
A los que sólo nos dejaron la fórmula para saber ganarnos la vida, sólo nos queda el camino del trabajo por y para los demás. Las herencias de valor cada día le ganan la carrera a las herencias de números. Son tiempos difíciles y es el momento de enarbolar las banderas que emocionan (no las que producen llanto), llenan el corazón (no las que nos hacen pelear desde él) y se respiran y paran el tiempo (las que nacen desde el amor).
Son tiempos de paz en el alma, no de guerras en la boca.


