domingo 27 de diciembre de 2009

De un callejón a la plaza

Hacía mucho frío aquella mañana de noviembre. Amaneció tarde, como siempre en otoño, pero aquel día lo hizo entre las nuevas lágrimas del recién llegado. Era algo más que un hijo no buscado, aunque sí deseado, eran las ansias que tiene la vida de seguir adelante. Era el deseo de sobrevivir que tiene el alma por encima de los hombres.

Hacía sol, mucho sol, aquella mañana de noviembre. Hay pocas cosas más desagradables que un parto en directo, pero no hay nada que te llene más de felicidad y te cambie la vida que ver nacer a tu hijo, a tu primer hijo. Al que casi se queda por el camino, cabezón desde pequeño, liado en el cordón y asomando la cara por delante de la coronilla, lo que sólo hacen los valientes.

Hacía calor, mucho calor, en aquella habitación de hospital. Cuando le miras a los ojos, hinchados por un parto difícil, y le abrazas desprotegido y no sabes ni cómo ni de dónde. Sólo le miras. No buscas que seas como tú, porque desde pequeño es él y sólo él. No quieres que sea como tú, porque sólo deseas que sea él. Contigo mismo has tenido bastante, para él sueñas otra vida: su propia vida.

Hoy hace frío, mucho frío en el alma de una casa. Hoy ha dejado de ser niño. No quiere tener su propia vida sino que reniega enfurecido de la que tiene. Dobla la esquina del afecto por la calle de la incomprensión del adolescente. Se topa con el callejón de la intolerancia que se le hace cada día más estrecho y parece incapaz de encontrar la plaza de la aceptación. Su padre tardó 40 años en hacerlo.

Darle el apellido no da la propiedad, ni siquiera lo pretendía; pero la vida regaló aquel frío de noviembre, aquel primer llanto, aquel primer paso, aquella primera nota, aquel primer beso, y la vida regala ahora el primer grito desgarrado del adolescente que se hace adulto. Qué Dios le bendiga y le haga llegar este escrito.

Te quiero.

5 comentarios:

  1. Esa esquina, ésa calle, el callejón y la plaza...lugares comunes que todos en una u otra medida hemos atravesado una o mil veces, con los mismos u otros nombres parecidos.
    Lo importante es que tú, Juanma, sabrás guiarle através de tales encrucijadas y, él, te lo agradecerá siempre, aún con sus silencios.
    Un saludo.

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  2. Juanma se te echa de menos...

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  3. Es duro ver cómo ya no es ese niño al que protegías como una figura de cristal. Mi chico tiene 17, pronto pasará esta etapa, pero sabe lo feliz que ha sido su infancia y no tiene prisa por volar. Prefiere apurar al máximo ese tiempo que ya no volverá.
    Yo lo recuerdo con nostalgia, con ternura y creo que su secreto es el amor, amor entre todos, amor en la familia.
    Juanma, a veces es difícil aceptar el paso del tiempo. Cierras los ojos y retrocedes quince años. Tú te sientes igual, te ves igual, pero no eres igual. Es ese niño el que te lo dice. Al verle a él, notas que no eres igual. Y echas de menos a ese niño.
    Je, por eso los abuelos son como son, se vuelven a sentir jóvenes con su nieto, pues vuelven a ver a su niño...ya lo comprobaremos en su momento, amigo, aunque no tengo ninguna prisa, lo que no quiero es perdérmelo, que conste.

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